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#OPINIÓN Mozart #7Jun

Hace muchos años disfruté en el Cine Salamanca de Carora, en compañía de Claver Riera, mi madre, de una extraordinaria y hermosa película llamada Amadeus, dirigida por el cineasta checoeslovaco-estadounidense Milos Forman y que la hizo merecedora de ocho Óscares de la Academia hollywoodense en 1984. Es el colmo de la cultura católica y barroca en la corte del Imperio Austro-Húngaro de fines del siglo XVIII y de su capital Viena, una de las ciudades de más tradición y gusto musical en el mundo. Esa cinta, a pesar de lo bien concebida y a la escrupulosidad con que fue realizada, no guarda fidelidad histórica en muchos aspectos con la vida de Mozart, este extraordinario músico austriaco, como mal podría creerse. La rivalidad y envidia del músico italiano Antonio Salieri (1750-1825) por el genio portentoso de Wolfgang Amadeus Mozart no fue de tan abarcantes proporciones, como se muestra en esta aclamada cinta de culto, una superproducción, joya de la cinematografía de todos los tiempos.

Ese film me ha motivado revisar una celebrada obra del sociólogo judío-polaco Norbert Elias (1897-1990) que lleva por título Mozart: Sociología de un genio (Península, Barcelona, 2002). Se trata de una investigación realizada como una sociología histórica, que va tras la búsqueda y la comprensión de la breve y desgraciada vida de este genio musical que nace en Salzburgo en 1756 y fallece en Viena en 1791, a la corta edad de 35 años, 10 meses y ocho días. Fue un hombre del siglo XVIII racionalista, que empero ve nacer el romanticismo como su contrapartida vital y emotiva.

Es el libro de Norbert Elias un ensayo de restitución de Mozart a toda su riqueza humana y creativa, en una sociedad cortesana, aristocrática, en período de transición durante el Siglo de las Luces, que ve la irrupción de la Gran Revolución francesa de 1789, sociedad que le es adversa y que no le comprende. Chocó Mozart con las estructuras sociales de la época, entre ellas, las del gusto y las del arte. La aristocracia cortesana era dueña y señora de los gustos musicales y ella decidía qué es arte y qué no lo es. Por ello una animosidad hacia la corte imperial de José II del decadente Imperio Austro-Húngaro y todas las cortes europeas le acompañó siempre.

Mozart quiso ser siempre un “agente libre”, empleando la terminología beisbolística de hoy. Quería ser independiente de los dos poderes de la época: la Corte imperial y la poderosa Iglesia Católica. Convertirse en “Artista libre” fue una batalla que perdió el genio de Salzburgo. En ese entonces en las Cortes el músico era un simple artesano como lo era también un cocinero. Se le negaba dignidad de la que se creía merecedor. Eran tiempos en que no existía un público musical masivo y el consumo musical no se realizaba de manera individual, pues los cánones musicales eran impuestos por las aristocracias de las Cortes europeas.

El proceso de “individuación musical” será obra del siglo XIX, una vez muerto Mozart, proceso que sí alcanzó a Beethoven, que era 15 años menor que Amadeus. Los clientes privados de obras musicales casi no existían y el “buen gusto musical” bajaba desde la Corte. A lo que debemos agregar el carácter controvertido y polémico del joven genio musical que le impide adaptarse a las maneras cortesanas. En una ocasión rompe con el mecenazgo de la corte de su ciudad natal de Salzburgo y decide marcharse a Viena, capital imperial.

En lo personal, Mozart tenía una difícil relación con su progenitor, Leopold Mozart. Era una relación amor-odio que nos recuerda la a la de Kafka con su papá. Con su padre, que era buen violinista, hizo giras por buena parte de Europa donde impresiona su calidad musical de niño prodigio. A los cinco años empezó a componer. Escribió su primera ópera cuando apenas tenía 12 años. Sin embargo era un niño enfermizo y delicado de salud. Las giras con su padre y su hermana llegarían a su fin cuando las cortes alemanas y francesas no les dan contratos, los ven como unos pedigüeños. Ese estrecho vínculo con su padre termina rompiéndose definitivamente cuando Wolfgang contrae matrimonio con una joven llamada Constanze.

Su vida, breve, amarga y pródiga, llegará a su dramático fin, dice Norbert Elias, por la concurrencia de dos factores terribles: el menoscabo de la estimación de su público y el debilitamiento del afecto de su esposa. El desastre profesional y la miseria familiar lo conducen, desmoralizado, al sepulcro. En la soledad más abyecta sucumbe ante la muerte. Buscaba el éxito en vida y poco le atraía la posteridad. Era un hombre con una gran necesidad de afecto y era de una constitución emocional muy endeble, lejos de las graníticas figuras de Goethe o Beethoven, como los retrata magistralmente el biógrafo judío-alemán Emil Ludwig.

Recordemos que el instrumento musical de su predilección y para el cual compuso lo mejor de su obra Mozart fue el piano. El sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) afirma que es el piano el instrumento moderno y burgués por autonomasia. Alrededor de este mueble musical complejo se echarán las bases de los fundamentos racionales de la música, una tradición que venía del lejano Pitágoras. Este elemento racional le faltó a los constructores de violines y violas. El órgano y el piano permiten la medición racional del tono en Occidente y fue invención de monjes medievales. El siglo XVIII verá la aparición de una literatura pianística, sobre todo en los países nórdicos donde se desarrollará una cultura del “home” burgués. La cultura pianística necesita para su desarrollo países de cultura musical organizada y en los territorios de habla germánica es Mozart y su virtuosismo internacional máximo exponente.

Como dato curioso y discutible, Max Weber, afirma que el piano es instrumento que no tiene cabida en los países del trópico, pues requiere de un local moderadamente grande para el despliegue de sus posibilidades. Por esa razón, digo yo, se han impuesto entre nosotros los venezolanos los instrumentos musicales de la calle y de la plaza pública: el Cuatro, la guitarra y el arpa .De ahí que los portadores de la cultura pianística sean los pueblos nórdicos, cuya vida, aunque solo sea por razones de clima, se centra alrededor del hogar, en contraste con el Sur, remata Weber (Economía y sociedad, págs. 1118-1183)

La influencia de Mozart en el desarrollo musical de Occidente es muy profunda, las primeras composiciones de Beethoven, escribe Emil Ludwig, se hicieron a su sombra. Joseph Haydn afirmó que “la posteridad no verá tal talento otra vez en cien años”. Un músico clásico que en los días que corren que se precie de serlo debe estudiar necesariamente las partituras de este genio inmortal de la música. Hogaño es Mozart un elemento fundamental de la cultura popular y de la llamada alta cultura. Aparece en la novela El lobo estepario del Nobel de Literatura Hermann Hesse, películas de suspenso como La conspiración de Mozart, literatura infantil, aventuras fantásticas, obras dramáticas, tales como Mozart y Salieri, de Pushkin, la serie de animación Los Simpson, radioteatro, bandas de música de películas y series de televisión, óperas como las de Rimski Korsakov, comedias musicales, conciertos, videos, gastronomía (el Mozartkugeln o bola de Mozart, un dulce austriaco), la francmasonería universal celebra su natalicio, se estampan sellos de correos y se acuñan monedas en su memoria.

El sociólogo que nos da esta nueva e interesante perspectiva de comprensión sobre el malogrado Mozart y su afán de independencia, el polaco y/o alemán Norbert Elias, fue un judío que hizo estudios médicos, filosóficos y literarios, debió huir de Alemania tras el ascenso de Hitler al poder, simpatizaba con el sionismo, no se conoció mucho durante su larga existencia y en ello se parece a Mozart, su biografiado genio que compuso 600 obras musicales en tan breve tiempo y que sólo la posteridad le ha reconocido. Fue descubierto a finales de su vida este extraordinario pensador que fue Elias, discípulo del padre de la fenomenología Edmund Husserl, tuvo vínculos con la Escuela de Frankfurt y fue asistente de Karl Mannheim. Su pensamiento se mueve entre tres gigantes del pensamiento que tienen sus raíces en el siglo XIX: Karl Marx, Seguismund Freud y Max Weber. Su idea de que todos los seres humanos somos al unísono individuos y sociedad es central en su pensamiento. Se le considera uno de los primeros europeos globales. En varios de sus trabajos relativos a la represión, los tabúes y el deseo anuncian parte de los trabajos que realizará el filósofo francés Michel Foucault (Historia de la sexualidad, La microfísica del poder, Vigilar y castigar).

Gracias a Norbert Elias hemos dado cuenta del indomable espíritu de independencia que gobernó la efímera pero fructífera en extremo existencia del genio de Salzburgo. Mozart fracasa en vida, pero hogaño su triunfo es rutilantemente indiscutible.

Luis Eduardo Cortés Riera

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