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El asombroso Luis Britto García

Creo que fui afortunado naciendo en plena mitad del siglo XX, lo cual me permitió disfrutar de los años 60 de ese siglo, en plena efervescencia. Sentirme partícipe de aquellas utopías sociales fue para nosotros como un tónico en una época en que fuerzas negativas amenazaban apoderarse de nuestra esperanza. Todos los movimientos de avanzada y vanguardia cultural en el mundo se hicieron presentes entonces, para contrarrestar la perniciosa ideología del capitalismo. El teatro, la trova, la poesía, la novela, la filosofía, la danza, el cine tomaron los espacios colectivos y académicos; plazas, jardines, bulevares, o campus universitarios para desarrollar sus propuestas: el teatro del absurdo, los happenings, la anti-poesía, la trova latinoamericana, el jazz, el rock, el pop, la música de salsa, la nueva novela, el realismo mágico, la revolución cubana, el cine de la nueva ola francesa, el cine cubano y brasilero, el movimiento contracultural, el camp universitario, el mayo francés, el movimiento hippie, el amor libre, las luchas campesinas y obreras, el mayo francés, la presencia de escritores en esas luchas que devinieron en formas de conciencia política y social, tanto para los países de América Latina como para los países africanos en lo que antes se llamaba «tercer mundo» y luego fue emergiendo desde el seno mismo de los Estados Unidos y de muchos países europeos en cuyas capitales se generaban polémicas sustanciales para comprender todos estos fenómenos, se conjugaron para que los años 60 se convirtieran en un verdadero emporio de ideas y actitudes distintas a las que pregonaba el sistema.

Dentro de este panorama de reinvención de la realidad, en medio del apogeo de la nueva novela y del nuevo cuento latinoamericanos, las tendencias innovadoras dentro de la literatura y la cultura, surge la obra del escritor venezolano Luis Britto García (quien nació un 9 de octubre de 1940, el mismo día y año que John Lennon), con una fuerza expresiva que muy pronto reconocimos quienes aspirábamos no sólo a ser escritores, sino a tener una conciencia histórica y social. Contaba yo apenas con 20 años cuando me topé con un libro titulado Rajatabla (1970), que me sorprendió mucho porque ingresaba al espíritu de innovación que muchos narradores andábamos buscando de la mano de Borges, Arreola, Rulfo, Cortázar, Monterroso, entre otros, una escritura que se despidiera de los cánones imitativos de otras épocas y expresara el complejo mundo que estallaba frente a nosotros, los textos breves de este libro expresaban y satirizaban la violencia, el consumo, el absurdo cotidiano, plenos de ironía, parodias, sátiras donde la realidad queda traspasada por sentidos hiperbólicos o delirantes. Ahí Britto emplea varios de los procedimientos de vanguardia que revolucionaron la prosa del siglo XX: intertextualidad, flujo de la conciencia, yuxtaposición de planos, monólogo interior, ausencia de signos de puntuación, fragmentariedad, complejidad discursiva. Algunos de sus textos son ya clásicos, como «Helena», «La foto», «Utopía», «Bomba», «El hacedor de dioses», «Carne», «La calle». Leamos al menos uno de ellos, «Utopía»:

En el país de Gerontia, ustedes no lo van a creer, funciona la Utopía. Nace niño, se torna niño, se impide salgan dientes niño, se arruga la piel niño, se implantan cataratas artificiales, en los ojos niño, se arruga la piel niño, se envenenan huesos niño se arrancan pelos niño, se le implanta alma artificial niño. Se castra niño, se producen esclerosis artificiales niño, y es como un anciano, es viejo ya, sólo hay que quitarle iniciativa, ponerle horror a lo nuevo y adoración a lo que fue y en realidad quizá no fue así, como lo cuentan los manuales e historia, o nunca fue.

La vida de estos niños que sólo tienen segunda infancia es breve y ellos lo sabían, por eso se van corroyendo poco a poco de egoísmo y de miedo y los entierran después de velados en el Paraninfo e no sé qué cosa y decretan varios días de duelo y dejan vacante el sillón de la Academia.

La Utopía de Gerontia se hizo siguiendo los consejos de ancianos. No hay allí revoluciones, no hay organizaciones clandestinas, no hay faltos de respeto que se rían de los viejos y, parece increíble, no hay crisis de la juventud, ni irresponsables, ni nada de eso hay. En las tares, muchos ciudadanos salen en sillas de ruedas, pasean, pasean, y se confortan pensando que el tiempo está tibio, que el reuma no duele, que todo está bien.

Ahora, se está pensando trasladar el sistema de Gerontia a otros países, ahora se elogian sus virtudes, ahora se implantan parcialmente y a veces secretamente sus reformas en otros sitios, ahora, de repente alguien lo comprende, el mundo entero ya es Gerontia.

Con este libro se abre otra posibilidad al relato breve venezolano, que ya había sido inaugurada por Alfredo Armas Alfonzo en los relatos de El osario de Dios y que algunos escritores de mi generación como Humberto Mata, Sael Ibáñez o Armando José Sequera habíamos asumido. Antes de Rajatabla Luis ya había publicado un libro de cuentos con el título de Los fugitivos (1964) y entregaba simultáneamente la novela Vela de armas (1970), complementando luego este trabajo con las obras teatrales, Venezuela tuya (1971) y El Tirano Aguirre o la conquista de El Dorado (1975); tal interés de Luis por el teatro lo hace expresar otras realidades, las históricas y las políticas, con ese modo contundente del lenguaje teatral. Se funda por entonces en el Ateneo de Caracas un movimiento interesante que lleva el nombre de su libro Rajatabla, donde el director argentino Carlos Giménez se dedica a realizar montajes extraordinarios de obras de distintos dramaturgos latinoamericanos, con lo cual el teatro venezolano consiguió ponerse a la par del movimiento teatral en el continente. Recuerdo muy bien que asistí a una de las funciones de Venezuela tuya, donde intervino el cantor y dibujante español fallecido hace poco Xulio Formoso, –de quien me hice amigo después– y formaba parte de una puesta en escena atrevida que marcaría la escena de esos años, pues se integraban a aquella experiencia dramática la poesía, la canción, los gestos y la participación del público dejaba de ser expectante, para volverse activa.

Lo cierto es que Luis Britto siempre ha sido un amante del teatro y el cine. Recuerdo que una vez coincidimos a la asistencia de una puesta en escena de Ubu Rey de Alfred Jarry dirigida por el inglés Lindsay Kempt en la antigua sede de un teatro en la avenida Panteón, cerca de donde está hoy el Foro Libertador. De regreso de la función, Luis «me dio la cola» en su auto hacia mi casa; veníamos comentando las geniales actuaciones del grupo y celebrando haber presenciado aquella obra maestra del absurdo.

Yo a menudo me aparecía en charlas y foros de distintos eventos que se llevaban a cabo en la Galería de Arte Nacional, el Ateneo y luego en los espacios del teatro Teresa Carreño, a algunas de las cuales concurría Luis Britto y él siempre tenía salidas ocurrentes. El humor es un ingrediente natural de su personalidad. Siempre colaboró con revistas y semanarios humorísticos y compartía con sus amigos como Otrova Gomas, compañero suyo de adolescencia con quien compartió una vez varias aventuras editoriales, además de las emociones en el buceo marino que Jaime Ballestas –el nombre serio de este escritor humorístico– mamador de gallo y fotógrafo tan apreciado, con quien pasamos momentos muy gratos.

Luis Britto García es de veras un tipo sorprendente. Cuando un creía que iba a escribir un nuevo libro de cuentos, aparece con una novela como Abrapalabra (1980), que nos dejó a todos con la boca abierta: una suerte de Rayuela venezolana, de tablero donde el lenguaje tiene su dominio: novela abierta, parodia de lenguajes que aun no ha sido evaluada en su justa dimensión, acaso porque ella misma sea la posibilidad de otro tipo de futuro, como ocurre con novelas de la talla de Terra nostra de Carlos Fuentes o Larva de Julián Ríos obras monumentales que devoran en su menú lingüístico a los propios críticos literarios. Y entonces cuando uno espera que Luis siga con sus novelas, viene y escribe un guión para una película, otra obra de teatro o simplemente un libro histórico, o nos entrega uno de la densidad de El imperio contracultural: del rock a la posmodernidad (1990), uno de los mejores ensayos para comprender la naturaleza de la cultura en tiempos del capitalismo avanzado; tanto de aquello que no deseamos porque nos aliena, como de aquello otro que nos ennoblece y puede servirnos de instrumento de liberación; ahí nuestro autor pone énfasis en los mecanismos de dominación masiva que utiliza el capitalismo de Estado para posesionarse de los legados culturales de América Latina, ideologizando y manipulando sus contenidos, como bien ha hecho con el rock y otras expresiones surgidas de la rebeldía urbana, luego mercantilizadas.

De un estudio tan serio como éste Luis da un salto ahora hacia atrás o hacia adelante –nunca lo sabremos—a Me río del mundo que como el titulo expresa, tiene basamento humorístico; aunque a decir verdad en muchos libros de Luis hay un humor velado o indirecto, en un plano subyacente; es más, el humor en él es una herramienta esencial de su sensibilidad, y a la vez le permite abrirse paso a través de una selva conceptual con un poco más de libertad. Pero como vamos de asombro en asombro, Luis nos ofrece súbito un libro de utopías con el título de La orgia imaginaria (1984) en el cual nuestro escritor nos muestra una vez más sus cualidades de síntesis, pues se trata, a mi modo de ver, del ámbito donde mejor se maneja: la combinación de palabras que deben decir mucho con poco y es, a mi entender, donde su maestría adquiere una dimensión mayor, pues se trata de una obra concebida como un todo orgánico, entre el alarido y la visión sirviéndose de algunos «cánones arbitrarios» conformados por utopistas de la talla de Platón, Swift, Misson, Fourier o Ramiro Nava; ello, en cuanto al «alarido» inicial ; mientras que en la parte visionaria la autoría de las utopías corresponde exclusivamente a Britto García, a su capacidad ciertamente orgiástica de concebir otros mundos posibles. Siempre me ha llamado la atención el desenvolvimiento de las utopías en la literatura, ya que no podemos desarrollarlas en la realidad para crear mejores sociedades, pues éstas se vuelven estáticas, se petrifican; dejan de ser dinámicas para convertirse en meros diseños. De modo que en esta fiesta de imágenes podemos lanzarnos a una aventura donde la fantasía mantiene su dominio, y desde donde el lector puede «construir un cosmos alternativo». Estando yo viviendo en España a finales de los años 70, Luis Britto al contestar una entrevista donde le preguntaban qué veía él en el horizonte de la narrativa venezolana para un futuro comentó que, entre otros libros veía uno titulado Los 1001 cuentos de 1 línea de mi autoría y entonces yo escribí un cuento de esa extensión –se lo dediqué a él, por supuesto– y le puse ese título a una colección de microrrelatos que salió publicada por Fundarte de Caracas en 1981.

Nuevamente nuestro autor da un giro hacia la literatura de ideas cuando nos ofrece La máscara del poder y El poder sin la máscara, estudio en dos partes sobre la naturaleza ideológica del poder, diría yo, donde revela los mecanismos que operan dentro del Estado para hacernos creer en instituciones, empresas, religiones o prestigios que a la larga van a conformar la legalidad y solidez del status. En el segundo de ellos desmonta de operar el poder sin sus caretas, sencillamente no sería el poder sin ese camuflaje ideológico de que se vale para engatusar a los ciudadanos, realizando a la par un análisis retrospectivo de su economía y de los equívocos e injusticias que se han producido históricamente para apoderarse de nuestros recursos, con la anuencia de no pocos gobiernos de América y Europa. Posee, pues este escritor el don de historiar, de traernos las referencias, datos precisos, estadísticas o fechas, para que sus interpretaciones tengan el debido soporte y los asuntos abordados puedan ser más esclarecidos. Pese a manejar una información teórica de primera mano y un aparato crítico abundante, Luis Britto no abusa de éstos y opta nuevamente por la claridad en las ideas, por la diafanidad expositiva. Al poner todo ello en evidencia con argumentos contundentes, su autor está teniendo conciencia de lo que ocurre en el país y tal conciencia lo conduce a una praxis, a un pensamiento coherente que pueda ser trasladado a los hechos, a la realidad palpable, lo cual hace, creo yo, que Luis Britto García se identificara a la postre con el proyecto social de Hugo Chávez Frías y haciéndolo una persona vigilante de las equivocaciones que puedan cometerse en el ejercicio del poder, pues aquí es donde radica la parte más difícil de este proceso, en el enfrentamiento con una praxis, donde tenemos el deber de ser siempre críticos de nosotros mismos. Un buen número de escritores nos hemos identificado con el proyecto de Chávez desde un principio no lo hemos hecho para medrar en el poder o hacer culto a la personalidad, sino para que éste proceso avance y nosotros con él hacia mejores propuestas y un mejor destino, pese a todas las dificultades a sortear. En esta dirección Britto ha ejercido su crítica desde una óptica constructiva, sin envanecimientos individualistas ni con la intención de convertirse en un intelectual orgánico, o algo parecido. Además, Luis es abogado y conoce las leyes al dedillo, posee una memoria prodigiosa y una capacidad de trabajo envidiable. Ese conocimiento de las leyes le ha permitido asesorar a los gobiernos de Chávez y Maduro, realizando oportunas observaciones críticas.

Un nuevo giro asombroso da Luis cuando lo vemos convertido en guionista de cine. Son numerosas las películas donde ha colaborado como guionista, especialmente con el director Román Chalbaud; mas también su trabajo como dibujante llega a ser notable, no de modo ocasional o para divertirse, sino como un verdadero artista del trazo. Tengo una edición de Rajatabla ilustrada por el para la Universidad Bolivariana (2012) y las viñetas son verdaderas obras de arte. Además de eso, los comics y caricaturas que Luis ha publicado en diversos medios lo muestran como un verdadero cultivador del oficio que, de haberle practicado más durante su infancia, quizá hubiera sido otro el resultado vocacional y no nos hubiese dado su obra literaria. Suele consolarse diciendo que su hija Andrea si posee ese don, y ha expuesto ya varios de sus obras plásticas a sala completa.

Una nueva vuelta de tuerca realiza esta vez hacia el asunto de la historia, en el que tiene un interés particular el escritor caraqueño; tanto, que decidió enfrascarse en la empresa de historiar a los piratas, filibusteros y corsarios en las costas de las Perlas del Caribe en un exhaustivo volumen llamado Corsarios del mar: corsarios y piratas en Venezuela 1528-1727 donde pone en su lugar el verdadero papel de estos personajes en la historia venezolana y del caribe, muy lejos de las deformadas versiones hollywoodenses sobre el tema, que desfiguran tanto a los verdaderos piratas como a los gobiernos que manejaron a los corsarios en nuestras poblaciones costeras, mientras realizaban sus navegaciones en nuestras aguas. No conforme con ello, Britto se adentró en la escritura de una obra de ficción con este mismo tema en una novela con el escueto título de Pirata (1998), aceptando todos los riesgos que se corren en este género peligroso de la llamada novela histórica –donde nunca se llega a saber donde están los límites entre ficción y realidad– una obra a la que le cabe el adjetivo de monumental y tampoco fue glosada ni sopesada por la critica literaria de nuestro país.

Pero Luis no cesa; como el rayo: cuando los buscamos por aquí nos sale por allá y cuando lo buscamos por allá nos salta hacia otro lado. Por ejemplo un año antes de su novela sobre los piratas nos había ofrecido una Ópera salsa estrenada en 1997; una obra para las tablas que ya estaba acreditada por otras dos obras de carácter histórico como son La misa del esclavo y la ya mencionada El tirano Aguirre, las cuales merecieron sendos premios en el país y fuera de él. Recordemos que estos trabajos teatrales ya venían acreditados por el importante Premio Juana Sujo en 1971 merecido por la citada Venezuela tuya y montada, como dijimos, en el Ateneo de Caracas.

La incesante curiosidad del escritor caraqueño se ve una vez más canalizada hacia el ensayo, cuando vuelve a sorprendernos con varios libros como Investigación de unos medios por encima de toda sospechas, donde explora los medios de comunicación como herramientas políticas, puestos al servicio por muchos gobiernos para dar al traste con los proyectos de liberación de muchos pueblos, usando conceptos de la semiótica moderna para desmontar los discursos convencionales neoliberales; estructura similar a la que emplea en su trabajo Por los signos de los signos donde el objeto de estudio es la literatura y su relación con otras disciplinas que la nutren, lo cual le da pie para que vaya más allá cuando emprende su Elogio del panfleto y de los géneros malditos (2000). Es decir, que nuestro escritor está siempre develando lo oculto, acercándose a lo marginado o marginal, a los extramuros, a la conciencia que nace de la subversión, y eso a su vez le da pie para obtener una conciencia aun mayor acerca de las cosas que ocurren en el continente, esta vez desde una óptica socialista (su visión ha sido siempre y necesariamente socialista) y ello le hace pergeñar un ensayo sobre la Conciencia de América Latina (2002) y aún más, ser más ambiciosamente propositivo en cuanto a un Socialismo del tercer milenio (2008).

En sencillamente imparable. El trabajo permanente de Luis Britto García lo hace arribar no solamente a una destreza verbal o lingüística o a manejar categorías históricas, económicas o legales, sino compartir esa lucidez con el lector, a través de la cual discurre su trabajo intelectual en permanente contacto con estudiantes, periodistas, escritores y público voluntario que asiste a sus charlas. No le bastan las categorías manualescas sino puede desplegar junto a éstas un desenvolvimiento creativo, lo cual es a su vez el elemento que lo hace polémico, cambiante, significativo y dialogante.

Es asombrosa también su capacidad para improvisar. Lo hemos visto ofreciendo charlas sobre distintos tópicos, haciendo presentaciones y dando conferencias acerca de cualquier asunto. Luis mantiene el humor, con lo cual los auditorios jamás se aburren. Además, posee una memoria fotográfica para fechas y acontecimientos. En una feria del libro de Caracas estábamos convocados hace poco a unas presentaciones de libros. Antes del evento, a Luis Britto le tocaba disertar sobre no sé qué tema; a manera de introducción él mismo hizo de memoria y de pie, sin ningún apoyo de notas o apuntes, un recorrido por la historia de Europa durante las guerras mundiales efectuando una descripción pormenorizada de sucesos, eventos grandes y pequeños con sus respectivas fechas, incidencias y consecuencias, pasando de un país a otro y de un contexto nacional a otro internacional con la mayor precisión, como si estuviera describiendo un paisaje doméstico. Muchos nos quedamos pasmados durante la charla, porque además de ello Luis no se sobrepasó ni un minuto más del tiempo estipulado.

¿Por dónde viene ahora la sorpresa? Pues otra vez por el lado del microrrelato. Un editor catalán, José Díaz, crea en Barcelona de España la editorial Thule para publicar cuento breve y literatura para niños, e invita a algunos escritores latinoamericanos y españoles a ser editados: Juan Armando Epple (Chile), Raúl Brasca (Argentina), Rogelio Guedea (México), Rafael Courtoise (Uruguay) y a Luis Britto García y Gabriel Jiménez Emán (Venezuela) para que participen de una de las colecciones mejor cuidadas del género, a tal punto que los primeros libros, impresos en China, vienen con páginas impermeables y el agua no las puede penetrar como a los demás libros mortales. En una de las presentaciones de la colección, el libro de Luis y el de Rogelio fueron sumergidos en un cristalino tobo de agua para que el público comprobara que aquello era verdad; y de esa editorial salió el libro de Luis, Andanada (2004) y al siguiente año el mío El hombre de los pies perdidos (2005), con la diferencia de que el mío apareció en papel normal, con unas páginas azules muy bonitas, pero sin la cualidad de ser impermeables, por lo cual ya el tiempo las está empezando a carcomer. Reproduzco apenas dos de los textos de este libro de imaginación desbordada que ya habían sido seleccionados por mí en la antología del microrrelato venezolano que titulé En micro (Alfaguara, 2010):

El campeonato mundial de las burbujas

Al campeonato mundial de las burbujas llega el profesor Jabón con su arito de plástico en el cual sopla sopla una ininterrumpida hilera e burbujas que termina rodeando la Tierra como los anillos de Saturno o como la sortija de compromiso de las bodas con la Luna.

Mientras la gente embobada cuenta las burbujas sube al escenario la profesora Glicerina con un gran aro sopla sopla hasta que queda envuelta la Tierra en una inmensa burbuja y alrededor de ella otra burbuja como sucesivas bolas del cristal de los sueños.

Al proscenio asciende el profesor Alfiler con una inmensa aguja, saluda, nada por aquí, nada por allá, la clava en el suelo y con un suspiro estalla la inmensa burbuja de la Tierra.

El botón

El botón par empezar el holocausto debe estar en algún sito de la Tierra, disimulado como u botón normal. Desde que lo sé, tengo fobia a los botones. Aprieto el botón del timbre del siquiatra: la primavera se enciende en un millar de capullos nucleares.

Andanada es una de las mejores colecciones de cuentos breves de nuestro autor; en poco más de 70 relatos nos pasea por territorios del humor, la sorpresa, la anticipación, la utopía, la «imaginación razonada» como bien la denominó el gran Jorge Luis Borges, libro que bien se merecería un comentario aparte. En este instante lamento que este escrito mío no sea un ensayo que me permitiera ofrecer más ejemplos de su producción literaria en lo que corresponde a cuentos, para dar una idea mejor y mas aproximativa acerca de dónde radican los logros y por dónde van los tiros en relación a su literatura de imaginación. Por cierto, en relación al ya referido vaticinio que hizo Luis de que yo escribiría un libro con el título de Los 1001 cuentos de 1 línea y yo obedecí, publicando un cuento y un libro con ese título, José Díaz se atrevió a más: editó, en efecto, un libro que contiene exactamente 1001 cuentos breves en su editorial Thule. Dejemos que sea él mismo José Díaz, quien refiera el hecho:

1001

Caracas, finales de década de 1970. Un escritor le cuenta a otro. «Estoy por escribir mil y un cuentos de 1 línea»: Salvador Garmendia era el susurrante y Luis Britto García el confidente.

Salvador murió en 2001, sin cumplir su palabra. Jamás en su vida llegó a publicar ni un solo cuento de una línea. Sin embargo, en su libro póstumo Anotaciones en cuaderno negro, increíblemente sí hay un cuento de una línea: «La belleza del sapo solamente la conocen los sapos.», que bien semejara aforismo, pero es cuento embrujado, como los propios sapos. Ahora, ¿lo escribió en este mundo o desde el otro?

Caracas, hacia 1980. Un escritor (Luis Britto García) predice en un artículo los títulos de las supuestas obras que los mejores autores venezolanos publicarán en el año 2000. A Gabriel Jiménez Emán (que para entonces ya ha escrito algunas brevedades extremas le adjudica un libro con este título: Los 1001 cuentos de 1 línea.

Gabriel sabe que el destino es ineludible, y además es impaciente: en el año de 1981, publica un libro titulado, efectivamente, Los 1001 cuentos de 1 línea, donde sólo puede encontrarse un cuento de una línea: «Quiso escribir los 1001 cuentos de 1 línea, pero sólo le salió uno.». Texto que en último término terminó por resultar extrañamente profético para Salvador Garmendia.

Gabriel se sacudió la maldición y después escribió más cuentos de 1 línea que pueden apreciar en la presente antología. Luis Britto García ha prometido una obra que se va a llamar Las mil y una novelas de una línea. Todo aquel que supo de los cuentos de una línea acabó irremediablemente infectado.

Regresando en julio de 2006 de un encuentro de microficción en Buenos Aires, mientras releía el cuento de Gabriel Jiménez Emán (me detuve en la coma) en un artículo del profesor David Lagmanovich acerca de la microficción extremadamente condensada (Katatay, No. 3-4), se me ocurrió pensar «¿Acaso existirán mil y un cuentos de una línea?»

Y entonces José Díaz (usando su otro nombre Aloe Azid), publicó el libro con el título de 1. Mil y un cuentos de una línea (2007), al cual puso en el epígrafe principal nada menos que a Ítalo Calvino: «Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible.». Para continuar con este juego que se tejió entre Ítalo Calvino, Salvador, Luis y yo, me puse a elucubrar y escribí también un texto con la idea de Luis y esto fue lo que salió:

LAS 1001 NOVELAS DE UNA LÍNEA

Ya había concluido la primera parte del proyecto para escribir Los 1001 cuentos de 1 línea, redactando el primer cuento. Después treinta amigos escritores me fueron fieles escribiendo ellos los restantes, atendiendo a mi invitación de asumir la cifra de trescientos treinta y tres cuentos en un año a razón de uno por día, en un volumen que ha sido publicado y tenido mucha difusión, mientras yo me embarqué en el proyecto de hacer Las 1001 novelas de una línea, cuestión que me parece un tanto complicado pero no tan difícil. Hoy concluí la primera parte del proyecto y estoy muy entusiasmado, pues produje la primera novela de la serie, la cual dice: «En un lugar del mundo cuyo nombre recuerdo perfectamente bien, nací yo.»

***

Pero prosigamos con las obras de Luis. A propósito de su literatura de ficción, recomiendo una antología de su obra creativa que el propio Luis emprendió con el título de Rajapalabra editada por la Fundación El perro y la Rana en 2017 y que se puede descargar gratuitamente. El posee la gracia en el narrar y sus textos de ficción tienen la cualidad de hacernos sonreír (para bien o para mal) desde el mismo instante en que pone en tela de juicio la frágil naturaleza de la realidad, al insertar en ésta una serie de elementos de la ciencia, conceptos filosóficos, diseños utópicos, objetos y procesos imaginarios que han constituido una contribución notable al microrrelato en Venezuela.

En los últimos años, Luis se puso a indagar sobre los rasgos que definen nuestro gentilicio y nos entregó El verdadero venezolano (2018). A primera vista nos incomoda un tanto que el autor anteponga el adjetivo verdadero para caracterizar previamente lo que intenta demostrar; luego nos damos cuenta que se trata de un estudio objetivista, de un mapa de la identidad nacional –como lo llama él mismo– para guiarse en un laberinto, para lo cual ha debido diseñar un esquema que le ayude a orientarse, primero, por la personalidad básica, temperamento y carácter del venezolano, y luego por una cultura propia y una identidad. Más adelante nos hallamos con las crisis históricas de la nación, la invasión europea, la Independencia y la República, la guerra federal, las autocracias positivistas, el populismo, la lucha armada revolucionaria y la restauración neoliberal. Se mete Luis en camisa de once varas cuando aborda el asunto de la inmigración y la composición genética de la población y su relación con el mestizaje. Después lleva a cabo un acercamiento a la familia venezolana, para luego dar un paseo por las conductas del venezolano –las cuales son asombrosamente diversas— ; acaso en una observación minuciosa de éstas se encuentren las claves para superarnos, (lamentablemente son mas nocivas que benignas) y entonces poder entrar de lleno en la actitud más terapéutica de todas: el humor. Para llevar a cano tal estudio, Luis Britto echa mano de todo: estadísticas, cuadros, cifras, bibliografía copiosa y fuentes que le sirven de apoyaturas para demostrar tales o cuales aspectos. y luego salir ileso de tal laberinto elevándose por los aires. En todo caso acometió una empresa difícil, donde es juez y parte.

A todo esto se suma su labor periodística, que sólo merece el calificativo de descomunal. Ha escrito en casi todos los diarios y semanarios de la capital, en páginas web, blogs nacionales y de otros países. Luis ha desplegado una actividad de cronista, articulista, humorista y ensayista vertida en trabajos que se cuentan por miles.

En una reciente entrevista, el periodista le preguntó si no había escrito poesía y él que contestó que sí, pero sin atreverse a publicarla pues considera que es lo más difícil de todo; piensa que la poesía es Iluminación, y «si no es iluminación no es poesía». En otra ocasión le preguntaron por sus poetas preferidos y contestó de modo extremo que le gustaban dos: William Blake y Ramón Palomares. Y esa respuesta también es asombrosa.

Por todas estas razones lo considero un verdadero filósofo, –aunque no estoy seguro si él acepte éste título sin sonreír tímidamente– por todo el amplio espectro de sus preocupaciones y sus rigurosos acercamientos. La tersura de su lenguaje y su amplio campo de visión le acreditan como un verdadero pensador, tanto de los fenómenos sociales o políticos, legales o ideológicos, éticos o literarios, y con una obra de ficción narrativa en donde las ideas circulan siempre de modo dinámico. En este sentido me remito a la parte final de su libro El verdadero venezolano, donde Britto escribe:

Al repasar nuestras identidades hemos visto como éstas han ido pereciendo en inenarrables hecatombes, para ser siempre reconstruidas en edificios más complejos que abarcan y asimilan lo anteriores.

En nuestra cartografía de la multitud de pasillos nos hiere una certidumbre; nos cernimos sobre un laberinto abierto, donde el centro se halla en todas partes y en ninguna.

Mientras otros pueblos se hunden en un centro progresivamente vacío renunciando a la inagotabilidad de lo posible, la plasticidad, la versatilidad, la flexibilidad, la comunicatividad, la adaptabilidad del venezolano lo hacen, mas que prisionero del pasillo, dueño de la totalidad del palacio y de sobrevolar tanto su intrincación como su periferia, tanto su pasado como su devenir.

El laberinto reside en el punto de vista, que sólo abarca el limitado panorama de la galería, que veta la totalidad el mapa. Construir un laberinto o su mapa son los ejercicios que forman una conciencia. Nunca nos internamos en el mismo dédalo; nunca es el mismo quien ingresa y quien sale.

Sólo se triunfa el laberinto elevándose.

Su actividad permanente de escritor genera por supuesto una serie de incomodidades, envidias, pruritos, descalificaciones e infamias por parte de las mentes reaccionarias y acomodaticias, e incluso en las mismas filas del Estado se le critica; si algo ha caracterizado la trayectoria de Luis es su honestidad intelectual y su probidad moral. No lo pongo como ejemplo porque a él mismo no le gustaría; él se encuentra alejado de ese tipo de vedetismos escandalosos como los que practican tantos intelectuales de la derecha; mas bien creo que su prolífica obra no ha sido lo suficientemente valorada desde un punto de vista crítico ni tampoco difundida en el exterior como se lo merece; aunque éste no es el punto ahora, sino celebrar los 80 años de una existencia dedicada a la creación, al trabajo intelectual, la enseñanza, el periodismo y la defensa de un ideal socialista, en una actividad polifacética que hemos venido observando en los últimos cincuenta años, desde que yo empezaba a dar mis primeros pasos como escritor, aún sin conocerlo mucho por aquel entonces, ni siendo tan cercano a él personalmente como sí lo fui de otros como Ludovico Silva, Eduardo Galeano, Víctor Valera Mora o William Osuna, con quienes compartimos los ideales de la izquierda en América Latina, cuando teníamos (y aún tenemos) un sueño: el de ver a nuestros países liberados de yugos imperiales o coloniales, naciones habitadas por individuos plenos, realizados en la utopía de una existencia justa, armónica, llena de amor y rebosante de paz.

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